Familias que probaron la caja de preocupaciones en casa y en el aula. Cada foto cuenta una rutina distinta: algunas empezaron por una mudanza, otras por miedo a la oscuridad, otras simplemente porque la hora de dormir se había vuelto una pelea. Esto es lo que vimos cuando la caja pasó a formar parte de la vida diaria.
Martina tiene seis años y durante semanas no quería quedarse sola en su cuarto. Su mamá armó la caja un domingo por la tarde, con stickers de estrellas y una tarjeta que decía "esto puede esperar hasta mañana". La primera noche Martina escribió "que se pierda mi perro" y lo dejó adentro. A las dos semanas ya pedía ella misma la caja antes del cuento. No desapareció el miedo, pero dejó de ser un secreto que la desvelaba.
A Thiago le costaba separarse de su papá cada mañana. Usamos las tarjetas de "emociones grandes" durante una semana antes del ingreso: él eligió la de nervios y la de emoción, y las pegó en la tapa de su caja. Cada noche contaba una cosa que le daba miedo del colegio nuevo y otra que le daba curiosidad. La maestra de inicial notó la diferencia el tercer día: ya no se aferraba a la mochila, buscaba a un compañero para jugar.
Una maestra de inicial adaptó la idea para su salita: una caja forrada con papel manteca y nubes dibujadas por los chicos. Cada viernes, antes de la salida, cada niño dejaba "algo que le pesaba" — un dibujo, una hoja, a veces solo un nombre. Lo que más sorprendió a la maestra fue que los chicos empezaron a preguntarse entre ellos "¿querés dejar algo en la caja?" cuando alguien llegaba callado. La caja se volvió un puente para hablar de lo que no se dice con palabras.
La familia de Simón se mudó a otra ciudad a mitad de año. Durante un mes, la caja viajó con ellos en el auto. Simón dejaba papeles con preguntas: "¿va a haber plaza cerca?", "¿dónde voy a guardar mis juguetes?". Sus papás contestaban una por una cada noche, y las respuestas quedaban pegadas en la tapa. La caja no resolvió la mudanza, pero convirtió la incertidumbre en algo que se podía mirar de frente, un papelito a la vez.
Cuando nació la hermana menor, Mateo, de ocho años, empezó a despertarse con pesadillas. Sus papás armaron una caja para cada hijo, con tarjetas de distinto color. Mateo usaba la suya para dejar "cosas que no quiero decir en voz alta" y a veces dibujaba lo que soñaba. La caja le dio un lugar propio en una casa donde todo era de la bebé. A los dos meses, las pesadillas bajaron a una por semana y él mismo dijo: "ya sé que los sueños no se quedan en la caja, pero me ayuda a dormir igual".
Cada familia usa la caja a su manera. Si querés ver cómo adaptamos la rutina a distintas edades y situaciones, hay guías descargables que acompañan cada etapa.
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Worry Cubby nació en casa, viendo a un niño de seis años dar vueltas en la cama porque no podía poner en palabras lo que le pasaba. No éramos terapeutas ni teníamos una fórmula. Teníamos una caja de cartón, unas tarjetas dibujadas a mano y la idea de que el miedo pesa menos cuando se nombra y se deja en algún lugar seguro.
Padres y madres que quieren acompañar a sus hijos de 4 a 10 años sin convertir la noche en un campo de batalla. También maestros de inicial que buscan actividades de inteligencia emocional para el aula y no encuentran materiales que respeten el ritmo de los niños.
No vendemos una solución mágica ni un método rígido. Ofrecemos una caja física que el niño decora como propia, tarjetas ilustradas con situaciones cotidianas y guías descargables para conversar antes de dormir. Lenguaje sencillo, ejemplos reales y cero tecnicismos.
Como una conversación entre adultos que han pasado por lo mismo. Sin manual de instrucciones solemne, sin promesas de que todo se arregla en una semana. Con la convicción de que validar una emoción es más útil que apurarla.
La caja es solo el comienzo. La rutina de hora de dejar las preocupaciones es lo que sostiene el cambio: cinco minutos cada noche, un lugar para guardar lo que pesa y la certeza de que mañana se puede retomar. Así de simple, y así de difícil a veces.
Conocer nuestra historiaNo trabajamos con grandes sellos ni campañas ruidosas. Preferimos sumar a familias, colegios y profesionales que usan la caja de preocupaciones en su dia a dia y nos cuentan que funciona. Estas son algunas de las voces que nos acompanan.
Usan el manual de inicial en tres aulas de 5 anos. Las maestras adaptaron las tarjetas para la hora del circulo y notaron que los ninos nombran mejor lo que sienten antes del recreo.
Recomiendan la caja en talleres de crianza respetuosa para padres de 4 a 8 anos. Les sirve como puente para hablar de miedos nocturnos sin forzar la conversacion.
Integran las guias descargables en sus encuentros mensuales. Valoran que el lenguaje sea claro y que las actividades no requieran materiales extra.
Ofrecen la caja en su seccion de bienestar infantil. Las familias vuelven a buscar las tarjetas de repuesto y preguntan por la rutina de la hora de dormir.
Una psicologa del equipo usa la caja como apoyo en sesiones con ninos que pasan por mudanzas o cambios de escuela. Le resulta util para que el nino deje la preocupacion en un lugar concreto.
Nuestra historia no empezó con un plan de negocio. Empezó con una noche difícil y una caja de cartón que mi hijo quiso decorar con ositos.